top of page
Buscar

De 0 a Ironman 70.3 en 2 meses

Actualizado: 29 dic 2025



En solo dos meses me preparé desde cero para intentar acabar un Ironman 70.3: 1.900 metros nadando en aguas abiertas, 90 km en bici con desnivel y 21 km corriendo. Algo que, hasta no hacía tanto, me habría parecido imposible.


La semilla se plantó en un evento de Tony Robbins en Inglaterra. Allí sentí la necesidad de ponerme un reto grande, uno que me obligara a sacar algo más de mí. El triatlón de larga distancia llevaba tiempo rondándome la cabeza, aunque no encajaba demasiado con mi historia: de pequeño era asmático y, aún hoy, cuando el esfuerzo es intenso, tengo que gestionar muy bien la respiración. Precisamente por eso, esos 113 km totales se convirtieron en un desafío personal enorme.


Un mes después me apunté, por primera vez en mi vida, a un triatlón: el Ironman 70.3 de Mallorca, previsto para mayo de 2024. Tenía siete meses por delante y empecé a entrenar poco a poco en octubre. En febrero corrí la media maratón de Barcelona como parte de la preparación, pero ahí las cosas empezaron a torcerse. Trabajaba en un velero de competición y la temporada, de febrero a agosto, se volvió muy exigente. Pronto vi que no llegaría a Mallorca: estaría embarcado hasta el día antes de la prueba.


Decidí posponer la inscripción y cambiarla por el Ironman 70.3 de Marbella, en octubre. El problema es que los meses siguientes prácticamente no entrené. No pisé la piscina, cogí la bici contadas veces y corrí muy poco. Si alguien me hubiera visto entonces, no habría pensado que me estaba preparando para nada.


A principios de agosto terminó la temporada. Faltaban menos de tres meses para Marbella y yo llegaba casi sin entrenar. Dos meses antes de la prueba me encontré frente a una decisión clara: o dejaba pasar el objetivo —perdiendo dinero y algo más profundo— o confiaba en mí y lo intentaba. Tenía claro que no quería traicionar a esa parte de mí que, un año atrás, se había atrevido a soñar en grande.


Así que empecé. Sin negociar demasiado. Entrenando como podía, ganando algo de ritmo, sin aspirar a hacerlo perfecto. Mi único objetivo era acabar y disfrutar. Compré vuelos, reservé hotel y me comprometí del todo. Un mes antes de la prueba decidí que estaría en la línea de salida, pasara lo que pasara.


Mi familia decidió venir a verme. Fue una alegría… y también una presión extra. Seguí entrenando, aunque poco: en el último mes solo nadé tres días en piscina y una vez en el mar. Mentalmente estaba fuerte, aunque sobre el papel todo indicara lo contrario.


Y entonces llegó el último golpe: diez días antes del Ironman caí enfermo...


Cinco días en la cama. Sin entrenar, sin saber si me recuperaría a tiempo. Todo apuntaba a que no llegaría, pero dentro de mí una voz repetía lo mismo una y otra vez: confía.


Cinco días antes salí de la cama. Tres días antes hice mi primer “triatlón” de entrenamiento, corto y suave, para entender las transiciones. Fue mi último entreno. Al día siguiente volé a Marbella con mi padre. Dudaba, claro, pero por dentro seguía confiando.


El día de la prueba, con mi familia en la playa y una ilusión difícil de explicar, supe que ya había ganado algo importante: estaba allí. Feliz, agradecido y sin presión. No sabía si acabaría, pero tenía claro una cosa: no me rendiría fácilmente.


Disfruté la natación como nunca. Salí del agua en la primera mitad del grupo, tranquilo, sonriente, sabiendo que estaba donde tenía que estar. En las transiciones no tuve prisa: me tomé mi tiempo, respiré, miré alrededor. Había decidido disfrutarlo, aunque eso significara perder minutos.


En la bici llegó el susto. Pinché una rueda y tuve que parar a cambiar el neumático. Mientras lo hacía, apareció la moto escoba, la que va cerrando la carrera, y me dijeron: o volvía ya, o me quedaba fuera. En ese momento todo pendía de un hilo. Aun así, lo arreglé, volví a montar y pedaleé con todo lo que tenía. Llegué por los pelos al siguiente punto de corte… y a partir de ahí empecé a remontar.


La ruta por la sierra fue pura magia. Paisaje, silencio, esfuerzo y gratitud. Estaba cansado, sí, pero profundamente vivo.


La carrera a pie fue lo más duro. Los pulmones, mi punto débil de siempre, y más después de haber estado enfermo días antes, pasaron factura. Sufrí. Mucho. Pero seguí. Paso a paso. Sin negociar.


Y tras 7 horas, crucé la meta.


Allí estaba toda mi familia esperándome. Ese fue, sin duda, el mayor regalo de toda la aventura. Sentí una gratitud inmensa por tenerlos a mi lado… y también por mí mismo. Por no haber tirado la toalla cuando todo estaba en contra. Por haber confiado. Por haber seguido.


Porque más allá de un Ironman, ese día confirmé algo mucho más importante: cuando no te rindes, siempre llegas más lejos de lo que imaginas.


Sin duda la mayor lección de toda esta historia es mi mente diciendo CONFÍA en ese punto más bajo, en la cama, a menos de una semana del triatlón. Allí entendí el gran poder que tiene la mente. No me dejé llevar por pensamientos negativos, no me dejé hundir por las circunstancias. Si bien tenía menos presión porque sólo iba a acabar, estaba haciendo mi primer triatlón en mi vida, con sólo una media maratón a mis espaldas, dos meses de entrenamiento y 5 días enfermo antes.


La próxima vez que todo en tu alrededor parece ir en tu contra, pero por dentro siga habiendo una ínfima parte de confianza, de que es lo que quieres, de que es para ti:


CONFIA






 
 
 

Comentarios


bottom of page